viernes, abril 07, 2006

El Recodo en el metro con una desconocida.

Se supone que este es un sitio serio pero la anécdota es divertida y no resisto la tentación de contarla:

De regreso de recoger mi tarjeta de residente (la segunda, chale cómo pasa el tiempo), y mientras esperaba que llegara el metro a la estación Alonso Martínez de la línea 10, justo cuando mi ipod, en un arranque de mexicanidad arrabalera soltaba en la sesión aleatoria a la Banda del Recodo con aquello de: “todos quieren bailar con la fea”, una chica entraba en el andén y c caminaba hacia mi, mientras me sonreía con familiaridad. Yo, chico tímido que se siente apenado por estar escuchando al Recodo en un viernes tan temprano y sin lubricación etílica ni coterráneos para bromear, le sonrió y volteo a ver cuánto falta para que llegue el metro: 3 minutos. Ella me busca la mirada y sin dejar de sonreír y caminar hacia mi me hace una seña con la mano, yo, convencido de que seré blanco de una broma televisiva, miro hacia mis espaldas y no veo a nadie, ella sigue su camino y no hay escapatoria alguna, llega a mi: “hola, ya decía yo, a este chico le conozco, ¿cómo estás?”. Yo, que además sufro de memoria proalzheimer escarbo en el fondo de mis recuerdos pensando de dónde conozco a esta rubia tan simpática, se parece un poco a una compañera del doctorado pero no, ni era rubia ni era de Barcelona (dato que supe justo porque ella seguía hablándome que había pasado un tiempo con su familia ahí), yo, francamente nervioso, seguí disimulando, entonces me pregunta: “¿terminaste el segundo curso?” (joder, ¿segundo curso de qué?), le respondo que en eso estoy, me cuenta que ayer pasó la tarde en casa de Fernando tomándose algo y yo le pregunto: “¿Qué no estaba en México?”, ella me mira con una cara que adiviné espejo de la mía: “¿Fernando? ¿En México? No, seguro que no”. Creo que justo en ese momento notó mi acento más cercano al “órale manito” que al “vale tronco”. Llego el metro y la incomodidad se quedó en el andén, nos subimos los dos y por primera vez me miró con desconfianza, como preguntándose: ¿y si este chico que me resultó conocido no fuera el chico que estaba pensando que era? Pero llevábamos 3 minutos hablando y ni yo tenía el valor para decirle: “Perdón pero creo que te equivocas de persona” ni ella estaba preparada para aceptar que sus lentes necesitaban una nueva graduación (por cierto, sus gafas eran lindas). Así que seguimos hablando, ella me contó que se iría a Ámsterdam, Londres, Berlín y Dublín y yo le dije que me bajaría en Plaza España y que me había dado gusto verla, me volvió a mirar y me dijo: “mira, yo también me bajo ahí, voy a Noviciado”. Yo no sabía que hacer, caminamos hasta la salida y le dije, “bueno, cuídate mucho” y ella me respondió: “tu también, a ver si vuelves pronto a Tarragona”. Me hubiera gustado saber su nombre por si la vuelvo a encontrar. Tomé el ascensor a la calle, me puse mis audífonos para regresar a la Banda del Recodo y antes de que sucediera otra cosa, cambié a Massive Attack.