martes, octubre 10, 2006

¿Japonización de la experiencia?


Para los que nos gusta viajar no resulta extraño, que allá a donde vayamos, siempre habrá un japonés y allá donde haya un japonés, siempre habrá una cámara de fotografía (en muchos casos una que hace que la mía se muera de envidia). Recuerdo una ocasión en que, visitando un castillo en Montreal, me quedé asombrado con uno de estos curiosos turistas; se bajaba un grupo de japoneses de un autobús con clima controlado, WC impecable y asientos cómodos, el guía les dijo (y no es que sepa japonés sino que lo entendí por el contexto): “media hora y nos vamos”. Un señor bajito que vestía ropas caras (y un sombrero bastante ridículo) se bajó del autobús hablando por su móvil, durante la media hora que duró “la visita” el señor no soltó su teléfono en ningún momento y mientras arreglaba unos asuntos que presumo serían de vida o muerte, tomaba fotos por aquí y fotos por allá (yo le hice una foto a él pero no la encuentro). Alguien me comentó alguna vez: “los japoneses no viajan por viajar sino por haber viajado” y más allá de que tenga razón (este post no es contra los japoneses, no vaya a ser que Aisha salga en su defensa), lo cierto es que el turismo que suelen practicar esta íntimamente ligado con la “mediatización” de su experiencia como turistas, ya sea a través de cámaras de fotos o cámaras de video (es curioso como algunos nunca ven los monumentos o estatuas sino es a través de la pequeña pantalla de su cámara). Bien es cierto que todo el mundo hace lo mismo, precisamente ese es mi punto, que últimamente todo mundo hace lo mismo que los turistas japoneses. En los lugares turísticos todo el mundo busca “llevarse” un poco de ese lugar a través de una(s) imagen(es) pero ese fenómeno se está extendiendo a otros ámbitos, por ejemplo (y ya lo mencioné en un post anterior) a los conciertos, ahora resulta que si alguien no graba un clip (o todos los que le quepan) o toma fotos no estuvo ahí y las imágenes de cientos (o miles) de pequeñas pantallas iluminando al público (sin dejar ver al artista) son cada vez más insoportables (especialmente para aquellos de nosotros que, bajitos por naturaleza, la única opción que nos queda de ver al artista por el que pagamos es a través de minúsculos “ojos de luz” que otros usan para llevarse un pedazo del concierto a casa). En ese sentido las cámaras digitales y los móviles han potenciado esta práctica hasta niveles verdaderamente estridentes (si no pregúntenle a cualquier músico cómo acaba de tanto flashazo), todavía recuerdo cuando a los conciertos no se dejaban meter cámaras y extrañamente comienzo a extrañar esos tiempos. La pregunta es: ¿se está japonizando nuestra experiencia cotidiana?